Latinoamérica y su cine más visceral

  • Silvana Stein Aguilar
08/04/2020

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Desde hace más de 100 años se verían los primeros fotogramas de lo que hoy es una industria mundial. Fue a partir de la proyección de La llegada de un tren a la estación (L'arrivée d'un train en gare de La Ciotat, 1895) de los hermanos Lumière que surgiría este arte que le ha dado la vuelta al mundo y que se ha caracterizado por cumplir un objetivo: liberar un sentimiento.

Valiéndose de su poder de catarsis, el séptimo arte ha permitido que, sin importar el idioma, la raza, la religión o la inclinación política, éste sea un espacio que permite la conexión con el otro, que se perciba como un lenguaje universal del que todos hacen parte.

Para el caso de Latinoamérica, el cine se ha formado con la necesidad de dar una voz, de registrar y marcar una posición frente a una sociedad cargada de injusticias donde la única liberación es el arte. Las dictaduras militares que han azotado al continente, en Argentina (1966-1971/1976-1983), Bolivia (1969-1982), Chile (1973-1988), Ecuador (1972-1978), Guatemala (1954 y 1982), Panamá (1968-1978),1 entre otros, pasaron a ser retratadas en el cine, donde las heridas en pantalla se ven reflejadas en las cicatrices de la sociedad.

Este cine buscó como principal escenario los exteriores, la realidad, tanto urbana como rural, desde donde surgió un cine popular, que convierte al pueblo en protagonista, y que persigue un claro fin docente dirigido a la toma de conciencia de la realidad del país, de la pobreza e injusticia, y, al mismo tiempo, lo convierte en actor de la transformación social.2

Hoy en día esta parte del continente tiene un cine que es fácilmente reconocible. Además de retratar la cotidianidad y los diferentes matices que tiene esta región, el cine latinoamericano se ha caracterizado por su narrativa natural y por el hecho de poder encontrar una buena historia en cada esquina.

Con el surgimiento de festivales internacionales llegó la oportunidad de que el cine de la región se diera a conocer internacionalmente. En el caso del Festival de Cine de Berlín, desde su cuarta edición en 1954, aparecería la primera participación de un país latinoamericano con Sinhá Moça (1953), de Tom Payne, una producción brasilera que abriría paso a una ventana de exposición de este continente.

Dos años después, en 1956, se exhibiría la mexicana El camino de la vida, de Alfonso Corona Blake, y en 1960, Argentina se presentaría con Diario de Juan Berend. Les siguieron Venezuela (1961), Cuba (1978), El Salvador y Colombia en coproducción con Inglaterra en 1982.

A lo largo de los años, y a grandes rasgos, Brasil ha sido el país con más presencia en el festival con 198 coproducciones, seguido de Argentina con 143 y México con 135.  En otra escala están Chile (43), Cuba (27), Perú (23), Venezuela (22), Colombia (21) y Uruguay (15). Películas de países como Bolivia, Paraguay, Costa Rica, Guatemala y Ecuador también se han visto en el festival, pero a menor escala.

En la más reciente edición de este festival, directores como Gabriel Mascaro, Alejandro Landes, Jayro Bustamante y Antonella Sudassi han expuesto la cotidianidad de sus realidades a través de una línea narrativa íntima, sentida, visceral.

La imposibilidad de unir el sexo y la religión, así como una nueva mirada de la guerrilla en la jungla, además de una potente mirada de liberación femenina en un contexto machista marcan la mirada de estos jóvenes cineastas.

La presencia latinoamericana se ha consolidado gracias a la creación de leyes cinematográficas, incentivos y fondos internacionales a lo largo del continente.

La amplia participación de Brasil, Argentina y México en la Berlinale, está relacionada con que se trata de las industrias más fortalecidas de este lado del Atlántico gracias a la creación de políticas e instituciones destinadas a este fin, grandes incentivos fiscales, obligación de inversión en cine y la creación de fideicomisos. Durante el periodo de 2009 a 2013, la producción de estos países ha aumentado de 84 a 126, de 95 a 166 y de 66 a 127 respectivamente, representando aproximadamente un 40% de incremento en venta de entradas y facturación en taquilla.3

De igual forma, países como Colombia y Chile, han venido fortaleciendo sus políticas fílmicas, y como resultado directores como Ciro Guerra, César Acevedo, Sebastián Lelio y Pablo Larraín, han cosechado premios alrededor del mundo. Lo anterior contrasta con países como Guatemala, donde no hay una ley de cine, o Bolivia, donde hasta antes de 2019 no tenía legislación.

Programas como Ibermedia y los fondos como el Huber Bals de Holanda, el de Instituto de Cin de Doha de Qatar, y visions sud est de Suiza, entre otros, además de espacios interactivos y residencias artísticas en los principales festivales del mundo, son necesarios para crear contenidos puesto que pocas veces este cine encuentra una ventana efectiva de exposición.

Sin embargo, aunque los festivales se han convertido en perfectos espacios para los cineastas latinoamericanos, su obra es poco vista en la región. La preferencia por el cine de Hollywood es abismal.5 La falta de público en sus lugares de origen como en los demás países latinoamericanos hacen que el cine sea más famoso en el exterior que en el interior:

En República Dominicana, el 31% de los espectadores ve cine propio; en España, un 20.28% (datos de 2015), en México un 14.3%, en Perú un 13.48% y en Argentina un 10.72%. El resto no alcanza el 9% y en 10 de ellos no se llega ni al 3%.4

Sin embargo, el interés de los países europeos en apostar por y ver estas narrativas parece ser un punto clave para que los cineastas latinos sigan teniendo una voz y una narrativa propias.

El cine es una forma de liberación. Además de exponer un punto de vista, muchas veces se crea por una pulsión creativa, por una necesidad de exponer una emoción o retratar algo propio e íntimo para su realizador. Se podría afirmar que en el cine se puede ver al artista ya que, a través de las historias, los planos, las miradas y los detalles se retratan lo que cada cineasta lleva por dentro. De esta forma el cine latinoamericano representa exactamente eso. Una liberación emocional a través del arte, en el que a través de imágenes y sonidos se da paso a historias que van desde áridos desiertos, pasando por ríos, montañas, selvas, barrios, volcanes, playas y praderas hasta inclementes sierras.  Aunque el camino sigue en construcción, el cine latinoamericano sigue creciendo y seguirá marcando su propia voz.


Silvana Stein Aguilar es comunicadora social con énfasis audiovisual por la Pontificia Universidad Javeriana. Ha colaborado en medios de cine como Macguffin, Distinta Mirada y Cero en Conducta.


1 Carmen José Alejos-Grau, “La liberación en el cine latinoamericano”, Anuario de Historia de la Iglesia 11 (2002): 165-176.

2 María Dolores Pérez Murillo, “El cine latinoamericano entre dos siglos, sus claves y temas”, Boletín Americanista, no. 66 (2013): 81-99; cita p. 82.

3 Felipe Betim, “El despegue del cine latinoamericano”, El País (23 de junio de 2014).

4 Gregorio Belinchón, “Latinoamérica no quiere verse en el cine”, El País (26 de enero de 2017).